Hoy no está el día para titulares ingeniosos. Cuando sale la continuación de uno de esos juegos que definen a una generación (de consolas, claro) poco se puede hacer (y que conste que está entrada se está escribiendo con unos deseos irrefrenables de seguir cazando dragones por Tamriel).
Para los versados en Oblivion, poco podemos añadir a lo que ya saben, o se imaginan: Skyrim es Oblivion con un buen chute de anabolizantes, mejor apartado gráfico, más libertad, mayor profunidad en las misiones secundarias...
Para los que no sepan que narices es esto de Skyrim... abróchense los cinturones. Ya hace tiempo que la saga Elder Scrolls es uno de los referentes ya no solo del rol, sino de la industria del videojuego. Ambientada en un mundo abierto de fantasía medieval, se caracteriza principalmente por una palabra: libertad.
Y cuando decimos libertad, lo decimos casi en el más amplio sentido de la palabra. Libertad para ir a dónde queramos, para interactuar con cualquier personaje, libertad para hacer casi todo lo que se nos pase por la cabeza (¿Nos gustan los pantalones de ese aldeano? Se los robamos y ya son nuestros). Es tal la sensación de libre albedrío que si un hecho caracteriza a Oblivion y a Skyrim es la sensación de agobio al iniciar una partida. Sí, sí, ese momento que los que conocen la saga ya se saben de memoria en el que el jugador sale al campo abierto y no sabe qué hacer ante la cantidad de opciones que se le presentan.
En definitiva, el mayor candidato a Juego del año de 2011 (con el permiso de Batman) ya está en la calle y con él se cierra la nómina de grandes juegos para la campaña de esta Navidad. ¿Quién se llevará la gloria de ser coronado como mejor juego del año? Mientras los expertos lo deciden, voy a seguir matando dragones...
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